¿Contradicción?

Giovanni Jiménez lleva 22 años transitando por las calles de Medellín siendo instructor de conducción. Dice que es por vocación y pasión por los “fierros”, que desde pequeño dejaba rodar el carro de la familia por las lomas del Municipio de San Vicente  cuando apenas tenía 10 años.

Diez años y unos meses antes de que Giovanni dejara libre el freno de emergencia del carro de su casa, salía una chiva de un extremo a otro de San Vicente. Era una tarde apacible de esas que marcaron la vida en los 60. Garzón y Collazos, Alci Acosta y Julio Jaramillo servían de sonido ambiente a la vez que las interferencias del campo se hacían presentes a través de mugidos de vacas y uno que otro ladrido de perro desesperado.

En esa chiva iba Doña Gloria Henao. Tenía ocho meses de embarazo. Dadas las condiciones de la carretera, empedrara e inestable, pidió asiento a una mujer que estaba sentada al lado de la ventana para evitarse mareos y vómitos “¿Por qué no llegó temprano?”, le respondió. Tal y como imaginó Doña Gloria el camino se presentó difícil, tanto que a los 15 minutos del viaje el vehículo se volcó; la única persona que murió en el accidente fue la mujer que negó el asiento a la embarazada.
El incidente se complicó todavía más. Los hierros retorcidos se juntaron para enjaular a los pasajeros. Fue necesario romper las varillas laterales de la chiva; Doña Gloria debió esperar más o menos 15 minutos con el cadáver de la mujer muerta para salir. La impresión y angustia de la señora, de acuerdo a la opinión de especialistas médicos, generó un cierto efecto en el entonces feto del embarazo.

Físicamente Giovanni llegó completico al mundo: dos ojos, una boca, un par de brazos, piernas y orejas, nada distinto. Nació y creció en San Vicente, donde además fabricó los cimientos de una vida contradictoria, pero sin dudas feliz. Su lugar de residencia actual es Medellín. La ciudad le ha calado en los huesos y en la mente; ahora, a sus 50 es como ella, es un síntoma de las calles.

Su condición de ciudadanía le viene dada, al parecer, desde el mismo momento en que la paradoja trágica que le permitió seguir con vida a él y a su madre, le causó un padecimiento psiquiátrico para toda la vida: la agorafobia.
La agorafobia, definida por la Real Academia Española, “es una sensación morbosa de angustia o miedo ante los espacios despejados, como las plazas, las avenidas, etc”. Giovanni lo complementa con frases y palabras como “miedo a morir”, “desespero” y el típico y muy colombiano “babiado”.

Esta enfermedad no saltó a la vista por más de 30 años, luego se convirtió en el motivo de sus contradicciones, en el afán diario… la agorafobia se le volvió a Giovanni el pavimento entre sus venas. Imagine sentir que el mundo se le viene encima para aplastarlo mientras el corazón se le acelera, la piel le suda a cántaros y el pecho se le infla y desinfla al son del ruido de las calles, imagine que siente miedo de la multitud y desespero cuando la integra, así es la enfermedad, así es la ciudad.

El detonante sólo lo sabe él, aunque en medio de las copas y conversaciones deja entrever, con voz nerviosa y acelerada, que se debió a un “inconveniente familiar”.
Instructor, guitarrista y cantante frustrado, amante de los caballos, la rumba, el traguito y las mujeres, así es Giovanni. Contradicción. Afán por ella. Sus preferencias sociales implican, generalmente, la presencia de grandes y pequeñas multitudes; cuando enseña se enfrenta a los frecuentes embotellamientos de la ciudad; cuando canta hay quienes lo escuchan; cuando bebe no lo hace en soledad.

En cada recoveco posible de la parte delantera del carro de enseñanza,  guarda chupetes para aliviar un poco el desespero con la boca. En el bolsillo carga un pastillero transparente con Rivotril. Siempre carga con una botella de agua. Cuando el desespero empieza a adueñarse, toma un cuarto o media pastilla, no importa la hora o el lugar.
El tipo es impredecible. Su metro ochenta de altura y un rostro largo verticalmente, pero estirado hacia los lados, dan una primera impresión de imponencia agresiva. Sin embargo, él es un hombre simpático; le gusta reír y logra hacerlo con frecuencia. Es hiperactivo y ciertamente afanoso. Su presencia es temblorosa, esa es la impresión que deja.

Es consiente que por su enfermedad debe abstenerse de ciertas cosas, entre ellas: el  alcohol, estar en lugares públicos y con mucha gente, fumar y tomar café o coca cola… aunque realmente solo cumple con la coca cola. Su casa se convirtió en el mejor fortín: tiene un salón de clase para dictar las sesiones teóricas de su trabajo, también es el lugar donde su mayor apoyo, Irlanda, hace las veces de secretaria y esposa. Están sus dos hijas de menos de 6 años y los amigos, quienes cada fin de semana visitan la casa, y con una guitarra en una mano y ron en la otra, le ayudan a pasar las noches. Allí está la verdadera felicidad de Giovanni, donde aunque hace lo que no debe, lo hace seguro, sabiendo que nunca estará solo.

El guayabo es uno de sus peores enemigos, sus síntomas se aumentan exponencialmente en ese estado, que no es raro a pesar de su condición. Dolor en el brazo izquierdo, aceleración del pulso, sensación de mareo, temor, visión borrosa, todo se eleva a la n potencia. No puede fumarse un cigarrillo porque terminaría levantándose con un catéter en el brazo y con el frío típico del hospital.

Según él su enfermedad no afecta el trabajo, aunque recordemos lo que dice la RAE: “sensación morbosa de angustia o miedo ante los espacios despejados, como las plazas, las avenidas…” ¿Contradicción? Como todo. En ocasiones de crisis ha dejado abandonado el carro en medio de un trancón, inclusive, a pesar de su fanatismo por Vicente Fernández, no ha sido capaz ir a ningún concierto, si bien sus amigos le han regalado las entradas.

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